Entrevista histórica al Indio Solari

Todas las tapas todas: en materia de rock argentino, la salida de Indio presenta a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en: El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel) fue, sin dudas, el evento del año, allá por 2004. El regreso discográfico del Indio Solari sin los Redondos después de cuatro años de silencio fue la excusa perfecta para ir a buscar a un artista siempre esquivo para hablar con el periodismo.

Entrevista por Nicolás Miguelez y Oscar Jalil.
Foto Matías Corral

El jeep blanco corre rápido por las callecitas indecisas de Parque Leloir, allí donde la tranquilidad tiene forma de laberinto arbolado y arquitectura de fin de semana. Las casas cotizan entre la sencillez, el confort suntuoso y el mal gusto adinerado, pero ninguna altera la visual de refugios ideales para perderse en ese country público a quince minutos de autopista desde Capital. Martín, el asistente del Indio Solari, conduce en silencio. Cuando se abre el portón negro, advierte: “No bajen hasta que guarde a los perros”, dos o tres ovejeros alemanes que husmean alrededor del Land Rover en ronda de prevención. El verde intenso del enorme jardín y las flores que lo adornan dominan la panorámica: todo hace pensar que el lugar fue una vieja casona, ahora refaccionada según los patrones de reserva, comodidad y ocio que exige su ilustre propietario. El próximo paso es esperar a Carlos Solari en la oficina ubicada en la planta alta del estudio, el mismo espacio lúdico y de fantasía fabril en el que el Indio dibujó hasta el más mínimo detalle de uno de los discos más esperados de la historia del rock nacional. Una vez más se tomó el tiempo necesario, una siesta personal que lo acompaña desde los primeros días de los Redondos: debutó en un escenario cuando pisaba los treinta, antes tocaba la guitarra en fogones lisérgicos de la bohemia platense o jugaba a ser artista plástico y escritor beatnik. La paternidad también lo alcanzó después de hora –ya había cruzado los cincuenta cuando llegó Bruno– y, ahora, extendió el receso sabático de su banda de toda la vida, otro gesto de control y gambeta ante la ansiedad de la superpoblada tribu ricotera.

De buen humor y con un vigor cerebral sorprendente, Solari recorrerá los vértices de la leyenda y la actualidad que busca despejar esos aires mitológicos que carga por obra y gracia de sus largos silencios. Mientras suenan los catorce temas de El tesoro de los inocentes (Bingo fuel), una verdadera bomba de tiempo a punto de estallar en el corazón de las ausencias del rock argentino, Solari mostró el costado de un artista preocupado por la recepción, pero muy seguro a la hora de defender el clasicismo y la versatilidad de un trabajo minucioso, elaborado con celo moro y obsesiva pasión artística. De modo elegante, evitó el lugar común de las comparaciones: Skay, la otra mitad de los Redondos, sigue siendo un amigo. Y cuando el mito asomó con cara de revelación, ese mismo que, por ejemplo, tiene en ascuas a las hinchadas de Estudiantes y Gimnasia, adjudicándose el fervor futbolero del Indio en foros de opinión y páginas de fans, surgió una respuesta que lo acerca más a uno de los dos grandes del fútbol argentino que a los históricos rivales platenses. Con el garbo del Rey de Siam –¿acaso hay algún cantante más parecido a Yul Brynner?–, Carlos Solari habló y habló. Entre sus fobias, la realidad absurda del rock y aquellos viejos anhelos de rocker criado en los principios universalistas de una cultura de cambio, asomó la exigente personalidad del músico que cuestiona la calidad de su voz y maneja el discurso como un maestro del encantamiento. Es palabra del Indio, aunque lo más importante permanece en sus canciones, en donde se mezcla el repertorio infalible de Patricio Rey y las nuevas razones solistas para entusiasmarse con la argentinidad al bingo fuel. / Oscar Jalil

ENTREVISTA

Indio Solari: Este álbum fue saliendo por la presión que vino de afuera, por el runrún: cuando paré con los Redondos tenía ganas de hacer otras cosas, como disfrutar de la inocencia de Bruno, mi hijo… Por otro lado, fue como una gran necesidad: los Redondos se transformaron en algo enorme y ya no tenía tiempo de cargar data. Hacía rato que quería volver a leer El cuarteto de Alejandría, de Durrell, por ejemplo…

Y, como son cuatro libros, es ideal para el verano: lo empezás en diciembre y lo terminás en marzo…
Claro, incluso creo que lo elegí por eso. Porque para leerlo tenés que tener mucho tiempo para dominarlo y nada que hacer, no estar pensando en otra cosa, sólo disfrutarlo. Además, tengo cincuenta y seis años… Hay un montón de cosas que quiero hacer a otro ritmo, un ritmo que no dependa de mí sino de los demás. Y más allá de que haya sido un poco el jugador dominante de los Redondos, en los chicos este parate debe haber generado algún tipo de resentimiento: venían tirando papel picado y se paró todo porque tres personas lo decidieron.

¿Dejaste de trabajar en algún momento?
En realidad, uno está trabajando todo el tiempo; lo que pasa es que no pensaba publicar este trabajo tan rápido. Es más: paralelo a los Redondos ya venía haciendo algo que no tenía cabida con ellos, una mezcla de Residents con Prodigy; una música con guitarras power pero en la que todo lo demás eran máquinas usadas como las uso yo, sin utilizar tanto el color sino el sample. Una cosa incidental, medio fractal, en el sentido de que no se desarrollaba como una canción. Así que seguí como siempre… Tengo este lugar, que es mi playroom, al que vengo todos los días a trabajar por más que no tenga planes de hacer algo concreto. En un momento empecé a ver la posibilidad de un disco, y ahí cambié de idea porque no tenía ganas de cortar la comunicabilidad con la gente. Entonces volví a hacer canciones.

¿Cuándo empezaste a percibir por dónde iba el disco? Porque ese runrún sobre tu regreso empezó hace meses…
Un día me acordé de un tema, “El tesoro de los inocentes”, que tiene que ver con cómo trabajábamos con Skay: yo le mandaba un minidisc con seis o siete ideas, y las que coincidían con algún trabajo de él prosperaban, las otras no. Cuando me puse a buscar esa canción me encontré con que a su alrededor había un montón de canciones buenas. Después, cuando empecé a trabajar con los músicos, se filtró la noticia de que estaba laburando, y entonces empezó la presión de la distribuidora y de los periodistas. Y cuando arranqué con la gráfica del álbum, pensaron que su salida era inminente. Sin darme cuenta, fui empujado de una manera con la que aún hoy estoy a disgusto… Porque ahí también empezaron los reclamos: me sentía Axl Rose, si yo nunca dije que iba a sacar un disco (risas). Por otro lado, la situación me obligó a mover un poco el culo, pero me quedé con las ganas de completar los cinco años sabáticos que me había propuesto.

¿Volviste a las canciones porque no te convenció la idea de hacer un disco más electrónico?
Sinceramente, pensé que no era el momento… No me atrajo la posibilidad de perder el contacto con el público. Es una relación que te ganás con el tiempo, no hay por qué rifarla así porque sí. Cuando uno se beneficia de todas las comodidades que te da el éxito –hacés lo que querés, cuando querés y como querés–, no sé si está bien ofrecer un trabajo de laboratorio, es algo medio caprichoso… Porque, en definitiva, el artista se dedica full time a lo que hace y tiene ideas que a veces son muy personales. Hay trabajos de campo que no deben trasladarse tal cual a la exposición. Son cosas que ayudan a generar visiones o disparadores que tienen que ver con un universo artístico propio. Así que no puedo pretender que la gente comprenda algo que quizá sólo tiene valor como conocimiento personal y no como una obra en sí misma. A partir de ahí, para seguir vinculado, hay que hacer una traducción. Ojo: no pretendo hacer de esto un dogma, pero es lo que pensé cuando proyecté el disco… Además, no postergué nada: por ahí, esa música electrónica que estoy haciendo termine en otro disco o siendo la banda sonora de un mediometraje de animación para el que estoy trabajando. En un momento, hasta llegué a pensar en hacer un disco de power trío bien crudo…

El disco es oscuro, tiene algo de “versión argentina” del cabaret alemán…
Bueno… Me formé en un clima político que se parecía bastante al que rodeó al cabaret político alemán: en los sótanos en los que tocábamos se decían cosas que arriba no se podían mencionar.

¿Y esa cuestión dramática está balanceada con la belleza de las melodías?
Sí, pero una cosa es lo lindo y otra cosa es lo bello. Lo bello es conmovedor, lo lindo es… grato. Me interesa mucho el juego de la belleza, más allá de qué carajo sea la belleza para uno… Porque estamos charlando nomás, ¿no? Éstas son las cosas que me dan miedo de las entrevistas: cuando las leo siento que quedo como un boludo que está diciendo cosas terminantes, pero en realidad me contradigo, hago pausas, digo cosas porque me preguntan… Después, todo eso queda reducido a una respuesta. Si en la edición y desgrabación esto no se tiene en cuenta, parece que uno fuera Calculín (risas). Por eso sólo cacareo cuando pongo un huevo: mi discurso público sirve para avisar que hay un nuevo trabajo en las góndolas. Y lo hago porque sé que es conveniente. Tampoco me gusta la idea de ser un artista “existencial” que es valorado por lo que hace en su vida, como hacer algún tipo de estropicio en un hotel, o tirarse de un noveno piso, esas cosas que son tan ricas para relatarlas.

“No voy a dar nombres, pero hay un par de músicos muy renombrados que tienen una poesía que, sinceramente, no me dice absolutamente nada. Son letras que están pensadas para cantar bien, aprovechar la musicalidad de las palabras y más o menos salir del paso.”

Tampoco por una reclusión aparente…
Alguna vez se dijo que mi “reclusión” era una actitud para generar algo especial, pero la gente tiene que aceptar que cada uno tiene su propia personalidad y que la mía es muy exigente. Me puedo dar el lujo de que mi vida tenga cierta elegancia –puedo pagar mis cuentas con comodidad– porque estuve involucrado en algo que fue exitoso. Y aproveché eso para ser exigente frente a cosas que hoy están algo desvalorizadas, como la lealtad, la honestidad, todo eso a lo que puede aspirar un tipo de clase media. Hoy en día, en este mundo medio paródico, todos tenemos tácticas que nos pueden dar mejor rédito para vivir. Pero para aquel que no tiene necesidad de eso, la vida se pone aburrida, es como si las relaciones te estuvieran robando el tiempo.

¿Influye la edad en esta percepción de las cosas?
Es que todo depende, también, del criterio de eternidad que uno tenga… No tengo ninguna religión efectiva ni me apaña ni protege ningún cielo con huríes. Para mí, se apaga el velador y se apaga. Y a esta edad querés valorizar el tiempo que te queda en exigencias y ambiciones que nunca están de moda. Entiendo: la gente está preocupada en ver cómo papea y no tiene muchas posibilidades de ser exigente en otros rincones del corazón, digamos. Pero a mí eso me está permitido.

¿Y cuál es el precio de esa exigencia?
La libertad tiene el precio de la soledad, es así. Y, sinceramente, me resulta muy incómodo el reconocimiento público: me formé en años en los que lo conveniente era la clandestinidad, así que cuando siento que todo el mundo me vigila, me da cierto escozor. Sé que hay personas que lo disfrutan. Conozco muchos famosos a los que les gusta ir a comer a Las Cañitas y que los persigan con las cámaras. Porque hay un montón de lugares para ir a comer sin que te vean, así que si después salís en las revistas, no te quejés. Personalmente, la falta de exposición me hace bien, no me interesa lo que me pueda dar la sociedad en ese sentido.

¿Sos consciente de que ahora podés llenar un estadio vos sólo?
Bueno, eso es lo que dicen los productores que me llaman para asociarse… Pero yo soy el que siempre dice “no sé”. En realidad, había pensado en empezar con lugares más chicos, porque una cosa es la idea que le queda a uno de algo y otra distinta es la realidad. Me cuesta tener una visión del nicho que tengo.

“Me puedo dar el lujo de que mi vida tenga cierta elegancia –puedo pagar mis cuentas con comodidad– porque estuve involucrado en algo que fue exitoso. Y aproveché eso para ser exigente frente a cosas que hoy están algo desvalorizadas, como la lealtad, la honestidad, todo eso a lo que puede aspirar un tipo de clase media.”

¿De verdad?
Mirá, en todo caso, siempre es conveniente pensarlo de esa manera, porque podés comerte un cachetazo que te mate. Lo que tiene de terrible el ego –y te lo dice alguien que luchó mucho contra eso– es que la ansiedad por mantener el nivel es corrosiva para el espíritu. Con la adulación pasa lo mismo: todo aquello que ayuda a creer que uno debería estar satisfecho consigo mismo es peligroso. Trato de tener una mirada que me ayude a soportar el momento en el que las cosas ya no sean así. Nada dura eternamente, aunque la verdad es que estoy asombrado con el hecho de que los Redondos todavía seamos artistas de catálogo… Gulp! es un disco que se sigue vendiendo.

En una de las cadenas de disquerías más importantes, Gulp! y Oktubre son los dos discos más robados. No están en las bateas por eso.
¿Ves? Qué sé yo… Nunca se sabe por qué la gente lo quiere a uno. Eso lo aprendí del Tata Floreal Ruiz, el cantante de tangos. El tipo no tenía una gran voz, pero cuando cantaba esas melodías porteñas era como si se las estuviera cantando a las veredas… Y él decía que no entendía por qué la gente lo quería. Modestamente, a mí me pasa lo mismo. Si querés, podés pensar: “Bueno, debe ser el magnetismo físico”, pero tampoco soy Robbie Williams…

¿Ni siquiera sospechás por dónde puede pasar?
No… (silencio). Podría ser por la música, pero eso también es relativo: estoy convencido de que este disco nuevo es un buen trabajo, pero no sé cómo puede recibirlo la gente. A algunos les gustará; otros pensarán que no es lo que venía haciendo… No sé. Independientemente de que toda la producción de los Redondos se hizo en base a mis caprichos, en realidad yo no era el que se ensuciaba las manos. En cambio, ahora sí se pone difícil preservar la elegancia del espíritu… Siempre se pensó que los Redondos teníamos todo clarito y que hacíamos todo bien, pero la verdad es que siempre nos asombramos de todo.

Pero en las entrevistas tuyas de los ochenta ya hablabas de cosas que terminaron pasando, como que algún día el rock iba a depender de los sponsors, por ejemplo.
Eso tiene ver con la manera en la que uno se ha involucrado en esta cultura, recogiendo del tacho de basura a un montón de escritores malditos como William Burroughs, Norman Mailer y otros aviva giles que te fueron enseñando cómo funciona el macromundo más allá de la situación personal inmediata.

¿Cómo convivís, en lo cotidiano, con el reconocimiento, más allá de la “leyenda”?
A veces me incomoda y otras me alegra. Además, como dice el poeta, “a nadie le amarga un dulce…”. Pero a veces me da cierto temor pensar en las razones que llevaron a esto. Trato de descubrir si inconscientemente escondo alguna actitud demagógica que resulta atractiva.

Hacia afuera, lo interesante tal vez sea que tenés un “discurso”, algo que no es muy común en la cultura rock de hoy en día.
Lo que pasa es que hubo toda una serie de músicos de rock prestigiosos que dijeron que el rock’n’roll era de la cintura para abajo… Claro, como género musical sí lo es, pero a mí el género nunca me interesó. Una cosa es el rockabilly y otra muy distinta es la “cultura rock”. A mí el rock me empezó a interesar cuando se politizó y se transformó en algo más que una música de moda. Al mismo tiempo, también puede tener que ver con las capacidades de cada uno: muchas veces la gente cree que un tipo silencioso es un tipo reflexivo, y quizás es así porque no tiene nada para decir. Entiendo que uno se esclaviza con las palabras –sé que soy medio charleta–, pero jamás defendería a un tipo que, por el simple hecho de estar callado, genera un enigma.

“Personalmente, la falta de exposición me hace bien, no me interesa lo que me pueda dar la sociedad en ese sentido.”

¿Esta simplificación podría trasladarse a la idea de que tus letras son crípticas?
Sí, pero sospecho que los que dicen eso lo hacen porque no saben escribir. Entonces, “birra”, “culo”, qué sé yo… y ahí vamos. También está el otro extremo, que es el simple surrealismo musical de las letras. No voy a dar nombres, pero hay un par de músicos muy renombrados que tienen una poesía que, sinceramente, no me dice absolutamente nada. Son letras que están pensadas para cantar bien, aprovechar la musicalidad de las palabras y más o menos salir del paso. Es un “surrealismo” que, al menos para mí, no tiene un tronco emotivo lo suficientemente fuerte. Prefiero lo desparejo de las letras de García, Páez o Calamaro, y digo “desparejo” porque hay cosas que me gustan y otras que no. Pero el surrealismo mecánico no me interesa para nada… Acá hay que tener en cuenta que en el rock nacional es muy difícil no hacer boleros rápidos, porque la lengua en sí te lleva a eso. Si Sergio Denis cantara en inglés, sería Barry Manilow (risas), una música que uno podría escuchar en el coche en una FM cool, mientras que se hace muy difícil escuchar a Sergio Denis. Con el rock pasa lo mismo… Trato de esmerarme y ver de qué manera puedo tener una prosa que me permita frasear sin que haya mucha distancia, digamos, con el eje musical. Pero es muy arduo, sobre todo por la cantidad de vocales redondas que hay en el idioma.

Originalmente, las tapas de los Redondos las hacía Rocambole, pero este disco tiene dibujos tuyos. ¿Es verdad que de chico dibujabas?
Sí, cuando era muy joven hasta viví en Brasil exponiendo cuadros, aunque también escribía. En esa época, cuando tenías inquietudes no había nada que te ordenara las cartas: la cultura rock no tenía premios, tenía palos. Si tenías intereses artísticos no había nada que te indicara para qué lado ir, así que hacías de todo. Escribías canciones, pintabas, zapateabas, hacías guiones de películas, filmabas en Super 8, componías bandas sonoras… Y al principio, lo mío era escribir guiones con el hermano de Skay: él fue quién nos presentó, y ahí arrancó esto de hacer canciones juntos. Pero originalmente dibujaba, es cierto.

Incluso se dice que llegaste a hacer la tapa de un disco de Dulcemembrillo, una de las primeras bandas de Federico Moura, un álbum que nunca llegó a editarse…
No, eso sí que no es verdad… (duda). Aunque ahora me hiciste dudar: eran años muy locos (risas). Fui muy amigo de ellos, así que en realidad puede ser…

Recién decías que escuchás mucha música nueva. ¿Hay algo que te haya sorprendido especialmente? ¿Bajás discos de Internet?
En realidad, estoy en contra de la piratería. Te explico por qué: soy un productor independiente, y si vos sentís que lo que hago te aporta algo, entonces ayudame. Para el que está en una compañía es diferente: la única guita que ve es cuando pone el gancho; seguramente su tercer disco es un compilado o un álbum en vivo porque ya está pensando en otra compañía y quiere más plata. Hay músicos que dicen: “Yo entrego todo lo mío en Internet”. Claro, porque no lo producís vos, boludo… Pero en mi caso es distinto, necesito que me compren el disco no sólo para vivir, sino para seguir produciendo en el mismo nivel. Necesito recuperar ese dinero porque lo estoy invirtiendo. Porque si el derecho de autor ya no existe más, la independencia desaparece.

¿Y cómo escuchás música nueva, entonces?
Tengo la suerte de que la gente de DBN, mi distribuidora, me alcanza muchos de los discos que les pido. Lo que ya no me sucede es lo que me pasaba cuando era joven, que sabía hasta cómo se llamaba la novia del baterista de un grupo. Para mí, ahora las novedades son más una música de fondo… (Se para, se pone los anteojos y va hacia la discoteca.) Éstos son mis últimos compilados: Audioslave, Love & Rockets, Arab Strap, ADD N (To) X, Erik Satie, Lemonjelly, Peter Green, Mission Of Burma, música turca, persa, zen, OutKast, The Neptunes… Un poco de todo.

¿Pero qué es lo que más te quedó de todo eso?
Los trabajos como productores de los Neptunes están buenos, ¿no? Aunque me parece que la pregunta era más esquiva… ¿Me estaban preguntando si de todo eso hay algo que me haya conmovido?

“Ya no tengo la zanahoria adelante, eso de querer llenar estadios y vender muchos discos. Ya lo hice. Es más: si por distintas razones me fuera posible volver a tocar en teatros, lo haría. Me gusta más el teatro que el estadio, que es como un arbolito de Navidad, con sus luces y todo eso.”

Sí.
Es difícil, entonces (risas). Las conmociones se dan cuando aparece una novedad avasalladora, algo más complicado para un veterano como yo. Hoy, por ejemplo, extraño a Nirvana, pero en su momento no me pareció ninguna novedad. Me pasa con la música de las minorías: a pesar de que no soy gay, Culture Club me parece mejor que la música que consume hoy el mismo público. Era más rica… Es más: en su momento, bailé con Culture Club, como todo el mundo. Siempre me gustaron artistas de todos los palos; pero “conmover” es otra cosa… Disfruto mucho de una parte de la electrónica, como el progressive, porque ahí se nota que en los últimos años fue más importante el aporte de los no-músicos que el de los músicos tradicionales. Creo que ahora lo novedoso pasa por lograr una paleta más grande de texturas, y eso lo aportó la tecnología. El sampler es una herramienta que todavía está medio desaprovechada.

¿Te gustaría producir a otras bandas?
Sí, lo que pasa es que nunca tengo tiempo. Además, debería primero enamorarme del grupo. No produciría profesionalmente, en el sentido de decir “bueno, soy productor”. Por otro lado, propondría siempre cambios rotundos, sobre todo en las bandas nuevas que por ahí aceptan que el baterista se corra un poco de tiempo… Yo les corto los dedos (risas).

¿Hubo alguien con quien te hubiese gustado trabajar?
No sé… Cuando salió Catupecu Machu me hubiese encantado producir ese rock físico, aunque ellos lo hicieron muy bien por su cuenta.

¿Extrañás algo de los Redondos?
(Silencio largo) Sí, mucho. De movida, extraño el hecho de estar con gente… Los Redondos son toda mi vida musical, nunca hice otra cosa más que tocar con ellos. A pesar de que compongo solo y de que ahora soy solista, me veo como un cantante de banda: cuando estaba mezclando las canciones de este disco siempre dejaba la voz medio petisa porque, casualmente, los cantantes de bandas son los que menos calidad tienen… En general, cuando te convertís en solista es porque una compañía se dio cuenta de que tu encanto o tu voz son suficientes como para largarte solo. Yo siempre preferí –y muchas veces sufriendo los sacrificios musicales que eso conlleva– estar en una banda de freaks que hacen música antes que tocar con músicos profesionales. Me interesa más estar encerrado ocho horas en un estudio con alguien haciendo los mismos chistes pelotudos que con un músico impresionante con cara de culo. Quizá, para grabar sea distinto, pero para tener una banda, no. Por otros motivos, extraño el rol de Poly: siempre está bueno que alguien se ocupe de hacer bien lo que a uno no le gusta. Por otra parte, los Redondos jamás tuvimos proyección internacional porque nunca pertenecimos a ninguna corporación. Entonces, ya no tengo la zanahoria adelante, eso de querer llenar estadios y vender muchos discos. Ya lo hice. Es más: si por distintas razones me fuera posible volver a tocar en teatros, lo haría. Me gusta más el teatro que el estadio, que es como un arbolito de Navidad, con sus luces y todo eso…

¿Te seduce un regreso con los Redondos?
La separación de los Redondos se decidió sin tomar en cuenta que le debemos una despedida a la gente. Pero bueno, así las cosas, habrá que esperar a que haya una recomposición de algunos asuntos que por ahora no están nada bien. Aunque por ahí el año que viene estamos tocando juntos, no lo sé… Estas cosas muchas veces tienen que ver con presiones exteriores y con fatigas que uno recién nota cuando puede observarlas desde afuera… Más allá de que todo pasó de la mejor manera posible, momentáneamente no extraño mucho. Le encontré el gustito a no tener que seguir el ritmo de ese pesado animal en el que se había convertido el grupo. Siempre nos manejamos con valores muy exigentes en relación con la calidad de vida que queríamos tener. Nunca nos importó cuántos ceros nos podía poner alguien en un cheque… (silencio largo). Creo en la finitud de mi vida, Carlitos se apaga: mi ambición nunca es cuánta guita tengo sino cuán importante es mi vida. Y para lograr eso, muchas veces hay que tener la lógica del guerrero, es decir, ser exigente con cosas con las que la gente generalmente no lo es, como la honestidad y la lealtad. Y cuando digo muy exigente, es muy exigente. Por eso, con con Skay, Poly y conmigo, esas pequeñas infracciones que muchas bandas toleran no funcionaron . Una pequeña falla en el contrato íntimo que teníamos y eso provocó una catástrofe. Tenemos códigos de honor medieval, casi tabúes de La rama dorada: “He visto al Rey comer, lo voy a partir en cuatro y repartir en la aldea”. Son cosas muy estrictas pero uno ha sido formado así. No sé si, en el caso de que nos llegáramos a juntar, estos asuntos tendrían la misma importancia que hace cuatro años. Tal vez no. Pero ojalá podamos reunir a la gente que sustentó esto y hacer una fiesta final. Estamos en deuda…; es por eso que la gente grita “sólo te pido que se vuelvan a juntar” en los shows de Skay, y supongo que también lo van a hacer en los míos. Además, ya no tenemos edad… Tampoco es cuestión de que nos reunamos en un geriátrico (risas).


Entrevista publicada en el número 86 (diciembre de 2004) de Los Inrockuptibles.