Christopher Nolan va a la guerra con Dunkerque

¿El mesías del cine? Esta vez, el director de Interstellar se pone épico e incursiona en la Segunda Guerra Mundial pero deja de lado sus habituales saltos temporales.

Por Juan Manuel Domínguez

Nolan es Batman. Mejor dicho: Christopher Nolan es su Batman. La fórmula que ejemplifica esa idea es la siguiente: desde su trilogía, con su encapotado con voz de Scooby Doo pasado por la histeria de los Estados Unidos apenitas post Bush, y desde sus incursiones en el género (sci-fi en Interstellar, el laberinto seco noir de Inception), Nolan ha devenido el salvador. Sobran kilómetros que celebran a Nolan como nuevo integrante del Monte Rushmore del cine, y él mismo logra de vez en cuando, e incluso citado con malicia, representar ideas como “Netflix no entiende el cine” o “Nunca haré películas con escenas después de los créditos”. Esas ideas ayudan a la fosilización de la más torpe idea de la cinefilia: aquella que cree “el buen cine”, esa utopía anclada que reniega no de la modernidad (sabemos lo cruel y superficial que puede ser), sino de la poderosa capacidad del cine de ser muchas formas, muchas ideas y muchas representaciones capaces de escurrir visiones y/o digresiones del mundo (su Batman es el ejemplo más claro del tenedor libre que Nolan o aquellos que lo canonizan quieren negar).

Nolan llega, entonces, subido a Dunkerque. Y su Ciudad Gótica a salvar es el panorama del cine, entre franquicias que todo lo aploman (Transformers, la segunda vida de Pixar, DC y su seriedad apenas adelgazada). Nolan llega wagneriano y épico, filmando en 70 mm y yendo a la madre de todas las seriedades de Hollywood, la Segunda Guerra Mundial.

Nolan gana en Dunkerque al perder su kryptonita: la narración. Ahora debe funcionar en un marco acotado, y eso lo ayuda: el escape de la playa francesa de Dunkerque por parte de aliados, principalmente británicos, no permite sus mareados cortes temporales. Yendo y viniendo temporalmente, y tan solo quedándose con unas pocas historias, Nolan obviamente aprovecha el plano: sus imágenes son limpias, y así llegan a ser crueles (no por abyectas, sino por consecuentes), manipuladoras (juega con el suspenso desde la música de Hans “no puedo parar” Zimmer) o fascinantes cuando se sacuden intenciones. Es decir, sus ideas son siempre cinematográficas, pero eso no implica la salvación de un arte, ya que su genio se ve siempre aplastado por su álter ego: es una idea de cine que antes de existir ya prende su propia batiseñal. Un cineasta precoz. O, mejor dicho, un superhéroe que tiene los poderes pero que anula el origen de su propia leyenda.


Dunkerque
(Dunkirk)
De Christopher Nolan
Con Fionn Whitehead y Mark Rylance