“Constanza muere”, de Ariel Farace

Aunque suene cursi, las obras de Ariel Farace tienen algo tierno. Los personajes son entrañables, hablan de lo más duro como si fueran niños: Constanza, Ulises, Luisa, Pedro son tan dulces que uno quisiera subir al escenario y abrazarlos. Esa marca infantil recorre sus obras también en el uso del vestuario, la iluminación, la presencia de máscaras y disfraces, de seres fantásticos e imaginarios, como el “Super Odex” de su primer obra, que ayuda a Luisa a hacer las compras en Coto, a cocinar el pollo y a llenar el vacío de la muerte de Pedro. O la parca, que acompaña a Constanza como la muerte jugando al ajedrez en El séptimo sello de Bergman. Y que recuerda, ya que estamos en el tema, a un extraordinario cuento infantil llamado “El pato y la muerte” del alemán Wolf Erlbruch, donde de lo que se trata es de esa entrañable amistad.

En las obras de Farace siempre hay lecturas; la literatura es fundamental para que los personajes entiendan algo de lo que les pasa, amén de que el lenguaje con el que se expresen tienda a ser “literario”. “El ojo en el espejo”, “es difícil dejarlo todo”, son algunas frases que funcionan como motivos, metáforas que se repiten como un estribillo y arman nuevos sentidos. Además de literatura, siempre hay música en sus obras: un personaje que habla pero a través de un instrumento, sea una guitarra o un piano. “No es una decisión tan meditada que haya personajes que no hablen. Imagino eso: que la música dice, que estar es actuar, que hay gente silenciosa. Siempre que alguien habla es porque otro escucha. Me parece que las obras son un texto que dicen todos, no es la cuestión quién calla o quién habla”, sostiene Ariel Farace.

“En esta obra trabajamos con la propia muerte como ficción, como experiencia de la que no podremos dar cuenta.”

En relación a los tópicos que se repiten en sus obras, y a la presencia de lo literario, el dramaturgo y director agrega: “Cada obra reúne una serie de preguntas que van volviéndose materiales, decisiones, textos. Siempre hay frases guía que dan puntapié o funcionan como sol del universo de la obra. En Luisa se estrella contra su casa pensamos en la relación entre realidad e imaginación. En Ulises no sabe contar trabajamos en la incapacidad de contar la identidad, o de contarse. En Constanza muere, en la muerte propia como ficción, como experiencia de la que no podremos dar cuenta aunque creemos y creamos. Y siempre me acompaño de alguien: en Luisa… de Lispector, en Ulises… de Joyce, en Constanza… de Beckett. Entablo profundas relaciones con las palabras y sus autores al leer y al escribir. En mi casa hay fotos de Pasolini, Bernhard, Joyce; hubo de Lispector, de Pessoa. Marosa di Giorgio es la santa del altar. Con ellos ando. A veces conversamos, a veces les rezo. Frases y personas: ese diálogo puede ser un leitmotiv de mis obras”.

Constanza muere, su última obra, surgió en 2013 cuando el CCEBA le comisionó la escritura de una pieza a partir de La ilustre fregona, una de las Novelas ejemplares de Cervantes. “Luego de la realización de esa obra, que se llamó Constanza a secas, decidimos profundizar en algunas de las líneas que aparecían en el trabajo y crear una obra nueva. Sumar otras coordenadas literarias, escénicas, musicales. Desarrollamos una potencia que le encontramos al trabajo en común. Fui descubriendo la gramática de la obra y del montaje junto al trabajo de los actores”, cuenta.

No es una decisión tan meditada que haya personajes que no hablen. Imagino eso: que la música dice, que estar es actuar, que hay gente silenciosa. Siempre que alguien habla es porque otro escucha. Me parece que las obras son un texto que dicen todos, no es la cuestión quién calla o quién habla.

La puesta es muy simple, tal vez no tan lograda como la de Luisa…, con la casa hecha de cajas de cartón, frágil como una casita de juguete –porque la contracara de estos personajes cándidos e inocentes es, justamente, ese otro rasgo de la infancia que es la fragilidad–, pero es interesante cómo, a lo largo del living de Constanza, se despliegan como un río los objetos cotidianos: fotos, adornos, libros, juguetes, vajilla, que nos obligan a preguntarnos: ¿qué pasa con los objetos de una persona, esos que la acompañan a lo largo de la vida, cuando esa persona muere? ¿Adónde van?

En el rol de Constanza, Analía Couceyro es plástica, enérgica, sensible, única en ese cuerpo joven con gestos de vieja. Provoca ternura cuando dice “vamos a tomar el té con masitas” o cuando canta “Rasguña las piedras” o cuando se acuerda de la planta y va corriendo a rociarla con agua, o cuando juega al Dígalo con mímica con la muerte, o cuando lee a los poetastros, o cuando la acompañamos en sus elucubraciones filosóficas o cuando lucha con la muerte. Como una niña que se divierte, Constanza baila, canta, lee, mientras habla de cualquier cosa, del bicentenario, de Míster Músculo. De esta señora-niña o niña-vieja podemos esperarlo todo: recuerdos, pensamientos, reflexiones sobre música, poesía, cine, comida, sobre la madre, el padre, las cosas, la vida. Y la muerte. La muerte, claro. Pero sin ponerse solemne, porque ella es una vieja que vuelve a ser una niña, y entonces ve las cosas como si fuera la primera vez. Constanza muere –y el resto de las obras de Farace, quizás– es un juego en el que estamos invitados a tomar el té, junto al piano y la parca para ver el fin. Porque todos somos, en definitiva, gente sola que le teme a la muerte.

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Constanza muere
De Ariel Farace
Los jueves a las 22 en El Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034, CABA).