“El cuarto azul”, de Mathieu Amalric

Es un croquis, una acuarela, un gesto concebido con la misma rapidez de escritura que la del novelista que la inspira: Georges Simenon. Un estudio con pincel, en azul y ocre, entre las lentejuelas multicolores y agitadas de Tournée. El cuarto azul solo dura una hora y cuarto pero es densa, dura, nerviosa.

Al comienzo, un hombre y una mujer (Mathieu Amalric y Stéphanie Cléau, fantásticos) hacen el amor, y todo es muy intenso (sangre, esperma, en un primer plano muy cercano) en la habitación azul del hotel de la estación de una pequeña ciudad del interior. Son amantes, ambos están casados. El hombre cuenta esta historia al espectador y, al mismo tiempo, a los policías, a un psicólogo, a un juez. Explica rápidamente que ella era la mujer de su vida, la que le había dado el mayor placer sexual, pero que en el fondo no sabía muy bien qué había pasado. Todo iba bien en su vida privada: una bella mujer, una hermosa hija, una pequeña empresa promisoria, una bella casa de arquitecto en el campo. ¿Entonces?

Murió el marido de su amante, y se sospecha que esa muerte no es natural. Además, iremos comprendiendo poco a poco, a través del montaje en caleidoscopio, con colores complementarios, que luego hay otro crimen. Y esto hace volver el pasado, el pecado, la duda, la sospecha. La sociedad se apodera de la vida privada y la pisotea, la machaca, la desmenuza y la sirve frente al público del tribunal, delante del procurador que tiene que darle sentido a todo aquello que no lo tiene.

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Sin embargo, El cuarto azul no es un policial, ya que en el fondo poco importa (por no decir “nada”) la resolución del enigma (¿quién mató a quién?), que de hecho tiene dos o tres soluciones posibles. No está ahí lo esencial, como tampoco lo está en las novelas de Simenon. Lo esencial son los seres, las fuerzas que los empujan a unos contra otros, que los acercan, que los alejan. Lo esencial es que un hombre no comprendió en el momento en el que hubiera tenido que hacerlo hasta qué punto amaba a un mujer, mientras que ella lo sabía perfectamente, y estaba lista para asumir esos sentimientos, hasta la locura, hasta el final. Pero él no estaba listo para ir tan lejos, no quería o no podía.

Con su pantalla cuadrada que nos lleva a un cine de formato antiguo, Amalric parece deslizar los planos como cartas, mezclarlas y volverlas a mezclar, barajarlas, hacerlas circular como escondidas, como en el juego de la tapadita o en el close-up, esa disciplina de la prestidigitación que consiste en realizar el truco lo más cerca posible del espectador para que menos pueda ver… Algunas imágenes, que creíamos olvidadas, vuelven a la memoria del pobre hombre que no entendió nada: flashes eróticos, sonrisas inquietas de su esposa.

Y de esta novela corta y rápida (como muchas de Simenon), Mathieu Amalric extrae, de un incidente de todos los días, toda la savia de M. Duras: a los hombres y a las mujeres que se aman les cuesta muchísimo hacérselo saber al otro, e incluso a ellos mismos. La vida es como un gran malestar, un amplio malentendido en el que captamos poco y nada. La justicia como una larga sesión de psicoanálisis, donde la transferencia se hace con el juez. Son las palabras que usamos las que ayudan a delimitar esta vida, a cristalizar nuestras pasiones.

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El cuarto azul
(La chambre bleue)

De Mathieu Amalric
Con Mathieu Amalric y Léa Drucker