Entrevista: Mariana Enriquez habla sobre su nuevo libro

Un fantasma recorre los libros de Mariana Enriquez: el gusto por el gótico, por la oscuridad, por el horror. Nacida en 1973, periodista de profesión y docente, subeditora del suplemento Radar del Página/12, Enriquez viene publicando libros donde ese placer es puesto en evidencia, como las novelas Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004), la nouvelle Chicos que vuelven (2010), sus crónicas de viaje sobre sus visitas a cementerios de Alguien camina sobre tu tumba (2013) y el riguroso perfil de Silvina Ocampo, La hermana menor. Pero en sus cuentos breves el trabajo sobre el género del terror y el fantástico se vuelve más evidente. Los peligros de fumar en la cama, publicado en 2009, y Cuando hablábamos con los muertos, de 2013, significaron un cimbronazo en la escena literaria local, más sensible a los vaivenes del realismo. Su flamante recopilación de cuentos, Las cosas que perdimos en el fuego, editado por Anagrama, acaba de salir y ya se ha convertido en un fenómeno editorial, con la promesa de ser publicado en diecinueve países y traducido a catorce lenguas. Un reconocimiento merecido. En este libro, a diferencia del anterior, el terror surge en su mayor parte de situaciones realistas, de un cotidiano urbano porteño reconocible y familiar, que de pronto muestra su reverso siniestro. Es una exploración de los conflictos sociales a través del espanto, siempre con la irreverencia que brindan los géneros “menores”. Sobre el armado de este nuevo libro, sobre las nuevas voces del terror, sobre sus procesos de creación y la relación entre lo real y la ficción hablamos en esta charla.

ENTREVISTA> ¿Cómo pensaste este nuevo libro?
Lo que hice fue juntar un montón de cuentos de un determinado período de tiempo que tuviesen algo en común. Algunos son nuevos, directamente ya pensando en el libro. Pero otros, no, son cuentos de un período de tiempo que yo noto que tienen una misma “vibra”. Una misma obsesión, una viscosidad parecida, qué sé yo. Uno fue a pedido de la revista Orsai, otro a pedido de la revista norteamericana McSweeney’s y publicado en inglés. Hay otro que fue para una revista chilena que se llama Qué pasa. Pero en el medio escribí varios otros que no me cerraban con el libro. Eso es lo más parecido que puedo hacer yo a armar un libro de cuentos con cierta coherencia interna.

¿Y después decidiste el orden?
Sí, pero no soy muy obse con eso. Si me dicen “esto va mejor acá”, yo digo “bueno”. Me parecen demasiado narcisistas esas cosas. A mí me pasa siempre con los cuentos que me voy dando cuenta por acumulación de que comparten ciertos climas, cierto tipo de personajes, cierta de forma de contar. Entonces si se parecen mucho los voy recopilando.

“Una novela es otra cosa. Tenés que estar viviendo todo el tiempo en ese mundo.”

Los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego son más realistas que los de Los peligros de fumar en la cama. ¿Estás más atenta a lo contemporáneo?
El otro era un libro de género más pelado. Tenía hasta temas o elementos de terror mucho más claros. La maldición, la Ouija, fantasmas, zombies (“Chicos que vuelven” es un cuento de zombies). Este no. Estos son cuentos realistas que tienen, algunos, muy pocos, un pequeño rulo sobrenatural, pero me parece que el miedo es más la policía, el barrio, la pobreza, la violencia, los hombres.

¿Es un libro feminista en ese sentido?
Cuando lo armé empecé a notar que los pocos hombres que había eran sobre todo muy antipáticos. No necesariamente ridículos. Otros, no. Por ejemplo, el de “El patio del vecino” es un incomprendido. El tipo no entiende a la mujer, no entiende qué le pasa. Son todos muy grises. En principio los trabajé un poco para que fueran reconocibles. En el de las mujeres quemadas son el enemigo. Lo que creo que me pasó con eso es que no hace mucho tiempo que pienso en términos de ser “una mujer que escribe”. Hay un montón de cosas del discurso femenino, como ese empoderamiento del “podés hacer lo que quieras”, que a mí nunca se me ocurrió. Nunca pensé que no podía hacer lo que quería. No entiendo el tema de los roles. Pero en los últimos tiempos lo empecé a entender y a pensar. Y en eso empezaron a aparecer los hombres como un elemento de terror, pero no porque lo sean en mi vida real, sino por la perspectiva de pensar “qué horrible hubiese sido”. Hay una perspectiva del libro que tiene que ver con las relaciones de pareja. Supongo que pasa por con mis propios miedos, con la situación contraria a la que vivo. Mi relación de pareja es excelente, y entonces me pongo a pensar qué pasaría si no lo fuera. Estoy en un momento feliz y lo que más miedo me da es que esto se vaya a la mierda y se vuelva monstruoso.

“No acepto el argumento de la banalización por el género. Eso está puesto en el ojo del otro, no en el mío. Es el género más serio que existe, muchísimo más serio que el realismo. No hay cosa más seria que laburar con los miedos, con el inconsciente, con el terror y la política.”

¿Cómo manejás los roles de periodista y escritora? En algunos cuentos hay cruces entre la realidad y la ficción…
En realidad, yo hago periodismo cultural. Entonces no es que a la cuestión alrededor de la violencia contra las mujeres, por ejemplo, yo la viva de una manera demasiado diferente a la de una persona que no sea periodista. No hago periodismo de mujeres, no hago nada de eso. Miro películas y series. El noticiero. Lo que sí me parece que pasa es en la exposición de los hechos. Tengo bastante aceitado el cómo hacer que tenga cierta claridad. El cuento del Petiso Orejudo, por ejemplo, lo puedo contar como una crónica. Eso sí. A nivel de estilo robo cosas de mi formación de la crónica, deliberadamente. Ese sí lo noto como un lugar donde el periodista se cuela.

En el lenguaje eso es muy claro. Nunca caés en la poesía gratuita.
Me pasa al revés. Soy más lírica en la crónica. Pero como hago periodismo cultural, a la realidad la vivo como cualquier persona. Pero sí, lo que claramente tengo son las cuestiones de estilo.

¿Cómo trabajás los cuentos?
En general, tengo una idea clara de hacia dónde va el cuento y ya sé el final. Y sé también cuándo no va a ser un final cerrado. No me gustan esa clase de finales. Prefiero caer en los finales abiertos, pero como escritora no puedo escribir un remate. No me gustan así. Las cosas no terminan, o terminan en un momento cualquiera. No tengo por qué solucionarte la ansiedad explicándote cómo termina.

¿Y la escritura dentro de un género como el terror qué significa para vos?
Para mí, escribir dentro del género en realidad es muy cómodo. Me parece que te permite muchísimo. No hay mucha gente que lea terror. A mí, como lectora, me encanta, es un género que me gusta mucho. Incluso creo que es el género en el que más riesgos se están tomando en este momento. Hay muchos escritores jóvenes que producen, se están haciendo cruces totalmente demenciales. Es donde mejor funcionan ciertas taras contemporáneas. Creo que ahí puede haber un lenguaje muchísimo más apto para entender la vida moderna que muchos otros géneros en apariencia más realistas. En un cuento de terror puedo hacer lo que quiera.

“Estos son cuentos realistas que tienen, algunos, muy pocos, un pequeño rulo sobrenatural. Pero me parece que el miedo es más la policía, el barrio, la pobreza, la violencia, los hombres.”

¿Qué requerimientos tiene?
Obviamente requiere de cierta preparación, porque tenés que armar un suspenso, tenés que dar miedo, tenés que dar asco, lo que quieras. Tiene que ver con un tipo de fascinación morbosa, con ciertas cuestiones que las puedo mirar de frente y no me dan impresión. Y con leer eso y ver cómo lo construyen distintos escritores. Hay un escritor norteamericano que a mí me gusta mucho que se llama Laird Barron. El tipo hace una cruza rarísima con cuentos de frontera norteamericana, hasta western, con Lovecraft y a veces con cierto aire de policial. Es una bomba el tipo, y te morís de miedo. Es uno de los antólogos más grosos, además. Ahí te das cuenta de que hay toda una generación de escritores que encuentran en el género, como todavía no es central en el canon, la posibilidad de no ser mirados con la atención del novelista realista contemporáneo. Estos tipos logran resolver la representación del presente de un modo mucho más contundente, mucho más libre, mucho más divertido, más personal y a un volumen más bajo, y eso a mí también me gusta. Y hacer mezclas arriesgadas, cosa que el género te permite.

¿Qué tipo de mezclas?
En el cuento “Los años intoxicados”, por ejemplo, estoy hablando del alfonsinismo. Era una época de terror. Te cortaban la luz todos los días, no tenías tele. Andabas sola por la calle a oscuras, tus padres deprimidos, re locos, te mandaban a comprar cosas que todo el tiempo cambiaban de precio. Y aparecía Dante Caputo en la televisión con un sol de noche, diciendo que no andaban más las centrales, no tendremos luz. Era el fin del mundo. Entonces la cuestión pasa por abordar el género y no hacer un cuento realista sobre el alfonsinismo. Eso no me da ganas. El género mismo te licúa la seriedad del tema. Es como que la liviandad que algunos escritores buscan se da de por sí a través del género.

“Lo que hice fue juntar un montón de cuentos de un determinado período de tiempo que tuviesen algo en común.”

Es lo que dice Stephen King en La danza de la muerte, cuando analiza políticamente todas esas películas de clase B.
Bueno, todo el trabajo que él hace con el realismo a mí me interesa mucho. Me gusta que haya libros que hasta la página setenta no presenten ningún hecho sobrenatural o nada fuera de lo común, setenta páginas de vida de pueblo, y de repente irrumpa algo, a veces la violencia, nada más.

Él habla de los niveles de terror: si no te entra en los niveles más abstractos, a lo Henry James, te entra por el asco. ¿Vos te ponés un límite a la hora de escribir?
No, no creo que tenga un límite. El género es como el humor. En un punto, está todo permitido. Yo junto crónicas policiales. Veo la noticia y me queda la nota, pero después no la sigo. Porque lo que me interesa es la imagen, ese pequeño impacto, y no tanto el desarrollo. En eso me manejo tratando cosas que veo en medios periodísticos, pero después lo que no sigo es la crónica del suceso. Me quedo con eso. Me lo explico yo, después. Hay un punto en el que el periodismo abandona.

En muchos de tus cuentos hay una mirada puesta en la adolescencia, en los rituales de iniciación.
Los cuentos de adolescencia son casi todos bastante autobiográficos, los demás no. Los cuentos de cardúmenes de chicas son autobiográficos. Yo tuve una adolescencia zarpada y por eso la uso mucho. Hay algo a esa edad que es demencial. Las chicas están fuera de control. No es lo mismo una piba que un pibe. Una piba es una bomba de tiempo, que está abierta a todos los peligros, enamorada de esa mierda, y eso es una cosa bastante terrorífica. Sobre todo visto desde la persona que soy ahora. ¿Qué está haciendo esta criatura entregándose al mal con tanto placer? Vos vas a ver a Justin Bieber y decís: están poseídas estas pibas. Es como una fuerza hormonal que en un punto tiene algo de sobrenatural. Es como un momento de locura. Creo que a todas las mujeres les pasa, pero tiene que ver con la forma en la que te impresiona. Es un momento muy literario. Primero, porque es muy poético en el sentido más maldito del término, y además porque a una chica de esa edad la podés poner en cualquier situación y funciona, porque son capaces de cualquier cosa.

“El género es como el humor. En un punto, está todo permitido. Yo junto crónicas policiales. Veo la noticia y me queda la nota, pero después no la sigo. Porque lo que me interesa es la imagen, ese pequeño impacto, y no tanto el desarrollo.”

En “La hostería” estás volviendo a una idea tuya de leer el Nunca más como una novela de terror…
La dictadura es tan sugestiva… La viví en mi infancia, y en mi casa, aunque no eran militantes, había conciencia de lo que sucedía. Era un doble discurso permanente. Yo creía que mis padres eran extraterrestres que me habían secuestrado. Ni ellos tenían información de los niños robados. Era como cierta cosa que estaba flotando en la época que se permeaba a un nivel muy inconsciente. Conozco un montón de gente a la que le pasaba lo mismo, tenía la idea paranoica de que estaban con una familia que no era la suya. Cuerpos que no están. Centros clandestinos de detención en barrios comunes donde a los gritos los tapaban con música fuerte. Crecí en ese clima y después, cuando esas cosas empezaron a aparecer en la prensa, durante el alfonsinismo, me acuerdo de ver en la tapa de La prensa a un tipo que decía “Yo torturé gente en la Escuela de Mecánica de la Armada”. Yo no sabía qué era torturar ni qué era la ESMA, pero me quedó de un modo terrible en la mente. Hay un montón de cosas que son terroríficas de verdad y que las podés usar con el género. Cuando se escribe Drácula, lo que está trabajando es la cuestión victoriana del noble chupasangre. No veo por qué nuestra propia historia, cuando tiene esos elementos que son fácilmente maleables, no se puede usar. Para mí usarlos es muy natural. En ese caso específicamente son los lugares donde se guardan recuerdos. En La Plata estudié en lo que fue un cuerpo del ejército. Y todos los que estábamos ahí sabíamos que en el aula 3 hacía un frío terrible porque estaba lleno de fantasmas. Son como las huellas de la vida cotidiana. Un fantasma es una cosa completamente seria. No acepto el argumento de la banalización por el género. Eso está puesto en el ojo del otro, no en el mío. Es el género más serio que existe, muchísimo más serio que el realismo. No hay cosa más seria que laburar con los miedos, con el inconsciente, con el terror y la política.

¿Tenés algún referente argentino en ese sentido?
Cortázar me gusta, el de los cuentos. “La escuela de noche” me parece muy genial. Muy desprejuiciado, también. Silvina Ocampo me gusta, aunque no hace lo mismo que yo. Me gusta mucho Arlt. Tiene una corriente esotérica muy importante. Los grupos cerrados, el secreto. Me gusta Las islas, de Carlos Gamerro, tiene momentos maravillosos. Y de otras partes me gustan Joe Hill, Neil Gaiman, Kelly Link, Shirley Jackson, Ligotti. Cormac McCarthy. Pero él trabaja con el lenguaje de una manera superior. Las influencias son totalmente oblicuas para mí. Leo Cicatrices, de Saer, y me parece un libro cercano.

“Hay un montón de cosas del discurso femenino, como ese empoderamiento del “podés hacer lo que quieras”, que a mí nunca se me ocurrió. Nunca pensé que no podía hacer lo que quería. No entiendo el tema de los roles. Pero en los últimos tiempos lo empecé a entender y a pensar. Y en eso empezaron a aparecer los hombres como un elemento de terror, pero no porque lo sean en mi vida real, sino por la perspectiva de pensar ‘qué horrible hubiese sido’.”

Buenos Aires a veces parece un personaje más de tus libros. ¿Es una ciudad terrorífica para vos?
Bueno, eso es algo que entendieron muy bien los ingleses, la ciudad como protagonista. Londres es la protagonista de millones de novelas, e incluso millones de hechos: Jack el destripador es Londres. Dickens, Stevenson, Henry James. Es una ciudad que está profundamente orgullosa de sus fantasmas. Yo viví y crecí en Lanús, y me fui a vivir después a La Plata. Entonces Buenos Aires no es un lugar que me resulte familiar, para nada. Recién en el 2001 me vine a vivir acá. No soy porteña. Es un lugar que sigo descubriendo de a poco. Tiene algo inquietante, ni un lugar que me parezca sencillo de transitar, ni del que me sienta orgullosa. No nací en Parque Patricios.

¿Qué estás haciendo ahora?
Estoy escribiendo una novela de terror, y me estoy volviendo loca. Es muy difícil. Paradójicamente, no tengo ganas de hacer ese laburo como más realista, a lo King. Me fui hacia una cosa mucho más de magia negra, muy loca. Es largo y complicado. A los cuentos los escribo de una sentada. Después los puedo corregir mucho tiempo. Por más que ya haya escrito cosas de largo aliento, como la biografía de Silvina Ocampo o el libro de los cementerios, que tiene una cierta continuidad de tono, esto es distinto. Una novela es otra cosa. Tenés que estar viviendo todo el tiempo en ese mundo. Me había desacostumbrado a estar todo el tiempo obsesionada por algo y tener que desconectar con la vida que termina pareciendo muchísimo menos real que eso. Es como un estado medio de vivir en dos lugares, pero demasiado largo. Escribir un cuento es muchísimo más disfrutable para mí.

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Las cosas que perdimos en el fuego

Mariana Enriquez
Las cosas que perdimos en el fuego

(Anagrama) 200 páginas