Juan José Becerra se burla del ambiente del arte en su nueva novela

Juan José Becerra sigue apostando a las novelas sobre grandes temas. Y le salen muy bien. En El artista más grande del mundo retrata el ambiente del arte contemporáneo con un verosímil inquietante y una buena dosis de humor.

Por Martín Caamaño
Foto Francesc Fernandez Candaya

Ya desde sus títulos, las dos últimas novelas de Juan José BecerraEl espectáculo del tiempo y El artista más grande del mundo– sugieren una indagación profunda sobre ideas enormes. Pero Becerra, por decirlo de algún modo, baja estas ideas a tierra, las despoja de su supuesta enormidad. En sus historias, palabras como “tiempo” o “arte” se convierten en algo concreto, físico y hasta incluso banal. “El tiempo es el asunto más ordinario del mundo”, asegura. “Todos flotamos en el mismo río. Pero además, tal vez sea el único asunto del arte. Al margen de sus variantes, no veo otro. Si uno lo piensa un poco, el arte es un agente de retención del tiempo capaz de producir el milagro de la suspensión.” Si en El espectáculo del tiempo Juan Guerra, el narrador y dueño de un cine en Junín, sufría de cronofobia –una percepción dañina del tiempo sobre todas las cosas– y encontraba en la escritura el único antídoto para su mal, en El artista más grande del mundo pasa lo opuesto: es la escritura la que produce el mal y la única cura posible es su aplazamiento. Alejandro del Valle es un escritor que no puede escribir aquejado por un terrible dolor de espalda, fruto de tantos años de sedentarismo y malas posturas a raíz de su oficio. Por eso, para seguir siendo novelista, recurre a un invento. Una máquina a la cual le va dictando la novela sobre su amigo íntimo Esteban Krause, el reconocido y excéntrico escultor al que alude el título.

“Para mí, esa frontera entre lo real y la ficción es la realidad en sentido estricto, la única que hay; y las novelas son configuraciones rústicas de ese mundo.”

En ambas novelas, la literatura ocupa un lugar privilegiado, pero en esta última se pone en relación con el complejo mundo del arte contemporáneo. El artista más grande del mundo tematiza la tensión entre un arte que está en constante transformación, sujeto siempre a la novedad, a la provocación y a las variables del mercado, y una práctica arcaica y aparentemente convencional como parece ser la literatura –según Krause, “el arte menos snob de la historia de la humanidad”–. Pero mientras el primero depende cada vez más de un relato que lo sostenga, la otra se va convirtiendo –a través de la máquina de Del Valle– en un artefacto vanguardista, más cercano a una obra de arte conceptual que a la idea tradicional que tenemos de literatura. Como sabemos, el futuro está en el pasado. Y en esta novela el futuro de la literatura parece ubicarse en una suerte de vuelta (tecnológica) a sus orígenes: la oralidad. “La máquina de Del Valle es un regreso a una era preliteraria pero también puede verse como un gesto accidental de vanguardia. Es el dolor físico lo que le impide escribir y no una idea de obra. Pero, en esas tensiones, la literatura sostiene un aire de superioridad que tiene merecido. El poder de la literatura es, justamente, su falsa materialidad”, explica Becerra haciéndose eco de las ideas que en la novela él mismo pone en boca de Krause.

El artista más grande del mundo tematiza la tensión entre un arte que está en constante transformación, sujeto siempre a la novedad, a la provocación y a las variables del mercado, y una práctica arcaica y aparentemente convencional como parece ser la literatura.

El artista más grande del mundo puede hacer serie con El mapa y el territorio, del francés Michel Houellebecq. Las dos retratan de manera descarnada el ambiente del arte contemporáneo –las obras, los marchands, la recepción, la frivolidad, las excentricidades, los excesos–, creando un artista ficcional que se codea con colegas reales (Jeff Koons, Damien Hirst, Ron Mueck, Yayoi Kusama) y que entabla un vínculo estrecho con un escritor –en el caso de El mapa y el territorio, una versión novelesca del propio Houellebecq–. Becerra confiesa que no leyó la novela del francés pero arriesga un catálogo de artistas de la ficción literaria que le interesan: “Obviamente me gustan mucho Riltse, el pintor de El pasado, de Alan Pauls; el artista del hambre, de Kafka; y la intimidad customizada de Des Esseintes, el protagonista de A contrapelo, la novela de Huysmans”. Casualmente este último autor ocupa un rol central en Sumisión, el libro de Houellebecq que le sigue a El mapa y el territorio. De cualquier modo, El artista más grande del mundo establece una frontera inestable entre realidad y ficción configurando un verosímil inquietante. Personajes como Flavia Páez, la sensual vecina de Del Valle en la cual fácilmente se puede identificar a Flavia Palmiero –celebridad en decadencia, expareja de un empresario mayor que ella, padre del jefe de Gobierno de la Ciudad–, dan al libro un aire de roman à clef. Pero en las aventuras de Krause y Del Valle también hay lugar para personajes extraídos de la vida real como el atleta Usain Bolt o la modelo Kate Moss. “Para mí, esa frontera entre lo real y la ficción es la realidad en sentido estricto, la única que hay; y las novelas son configuraciones rústicas de ese mundo. Pueden ser minimalistas o barrocas, pero todas obedecen a un género de compensación humana que se llama ‘consuelo’. Si los personajes son reconocibles es porque sus nombres lo son, con el único fin de degradar las referencias”, sostiene Becerra, y se pone firme ante la sugerencia de que su Krause tenga puntos de contacto con Damien Hirst: “De ninguna manera Krause está inspirado en Hirst, que a mi juicio es un farsante con genio para embocar snobs con su CBU. Aunque viva en un libro, Krause es un artista de verdad. En 1998 vi Pharmacy, la instalación de Hirst en la vieja Tate Gallery. Una gansada que podría haber hecho mejor el Dr. Ahorro”.

El artista más grande del mundo establece una frontera inestable entre realidad y ficción configurando un verosímil inquietante

Que las novelas pueden intervenir en la realidad y modificarla no es ninguna novedad. Al terminar El artista más grande del mundo no solo tenemos la sensación de que Krause fue una persona de carne y hueso sino que la brillante descripción que realiza Becerra de una zona tan carente de atractivo como Barrio Parque –junto con el Penedés catalán, el espacio principal del libro– altera su referente real. No es un hallazgo menor que después de leer esta novela Barrio Parque ya no sea solo el barrio de Susana Giménez o Tinelli sino también el de Del Valle y Krause: “Yo escribo sobre lugares existentes pero en niveles que desconozco. Solo hay literatura de lo desconocido. Nunca entré ni entraría a una casa de Barrio Parque, salvo que algún día me invite Carlos Bianchi a la suya”.


Juan José Becerra
 El artista más grande del mundo
 (Seix Barral)
 296 páginas

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