“La noche tiene mil ojos”, de María Negroni

“Natural tendencia a/ reducir experiencia a nota trágica/ no puede dominar. Prefiere anclar/ en rumias.” Entre estos versos comenzaba “Islandia”, un poema largo de María Negroni, quien, durante ya más de una década, parece haber encontrado otra rumia de rasgos oscuros: lo nocturno y sus diferentes formas. En La noche tiene mil ojos, la poeta y ensayista argentina ha reunido tres volúmenes –Museo Negro (1999), Galería Fantástica (2009) y Film Noir (2015), el último de ellos inédito hasta ahora– que giran alrededor de una serie de obsesiones condensadas en el título y cuyo hilo conductor podría ser, incluso más que descriptivo, programático: para Negroni son, todas ellas, como poemas, “pequeñas piedras lanzadas contra el sentido unívoco”.

¿De qué está compuesta esta trilogía nocturna? En principio, de una serie de motivos que se repiten en diferentes libros y películas (con el correr de las páginas, el peso se desplaza de un formato al otro) que atraviesan toda una cartografía espacio-temporal. Museo Negro aborda así el gótico europeo, pero solo en la medida en que el gótico es, antes que un campo definido históricamente, un agujero por el que se cuelan distintas épocas y personajes que Negroni selecciona de manera rigurosa y personal a la vez: de Poe a Ann Radcliffe, de Lord Byron a Oscar Wilde, se interponen nombres como los de Bataille, Pizarnik o Joseph Cornell (a este último, por cierto, Negroni ya le dedicó un ensayo poético entero de título Elegía, que a su manera también exploraba qué hacer con los desechos del día).

Las muñecas autómatas, los vampiros, el capitán Nemo a bordo de su Nautilus, las rubias fatales del noir, los asesinos a sueldo y los detectives privados torturados, todo sirve para intentar capturar esa maraña de sentidos inclasificables que es aquí la noche.

Galería Fantástica efectúa el primer desplazamiento geográfico pronunciado, y considera el género fantástico latinoamericano como una deriva del gótico europeo, pero “deriva” en un sentido literal: los cuentos de Carlos Fuentes, Cortázar, Rosario Ferré o los poemas (de nuevo) de Pizarnik funcionan de contrapunto de aquellos motivos; lo interesante no es el antecedente, sino más bien la acumulación de referencias cruzadas que prueban lo imposible –y lo inútil– de semejante jerarquía. Finalmente, el libro vuelve a realizar otro salto, esta vez en dirección a los Estados Unidos de las décadas del cuarenta y el cincuenta, para encontrar en su cine policial un conjunto de nombres americanos o alemanes (bautizados además por la crítica francesa) que se mezclan para dar con el último objeto de esta trilogía: el film noir.

En todos los casos, Negroni busca definir por partes un todo que parece naturalmente inaprehensible: la noche, lo oscuro, los “sótanos de la razón”, como los llama ella misma. Ese todo es inagotable, y por eso Negroni necesita de una sinécdoque recursiva y circular para rodearlo. Las muñecas autómatas, los vampiros, el capitán Nemo a bordo de su Nautilus, las rubias fatales del noir, los asesinos a sueldo y los detectives privados torturados, todo sirve para intentar capturar esa maraña de sentidos inclasificables que es aquí la noche, y cuyo característica principal también es, como dijimos antes, un rasgo y un programa a la vez: un “impulso antisocial”, según Negroni.

Ese impulso la recorre y la define, y la misma vocación desintegradora arrebata a todos los personajes que la ocupan, ya sea que habiten un castillo tétrico de Europa del Este en el siglo XIX o un bar lleno de humo de Los Ángeles en los cuarenta.

Como lo hacía Chandler mismo, Negroni logra poner a rumiar a todo el género alrededor de sus propias obsesiones, para darle su nota trágica y, si es posible, iluminarlo.

El método es siempre el mismo: cada capítulo comienza con un breve racconto del argumento del libro o film en cuestión, y a partir de allí Negroni despliega los suyos propios. Las preguntas también se reiteran: ¿qué metáforas del acto creativo ensayan estos relatos? ¿Qué formas deben adoptar (o qué deformaciones sufrir) los personajes y los relatos para entrar en contacto con ese corpus nocturno que aquí se estudia? Negroni se detiene sobre los mecanismos formales (aunque sin tecnicismos) que cada objeto da a esta pregunta: las frases, los planos, las repeticiones, los personajes se piensan en relación a esas preguntas y los temas que invocan: la crueldad, el doble, el erotismo (indistinguible de la perversión), el sinsentido. A menudo recurre a genealogías que le permiten explorar otra vez conexiones conocidas –como entre La invención de Morel de Bioy Casares y El año pasado en Marienbad, de Resnais–, y otras inesperadas –entre Drácula y Baudelaire, por ejemplo.

Por una genealogía empieza justamente Film Noir, este catálogo personal del género que Negroni elabora. En su introducción explica que se trata de un ensayo autobiográfico a su manera (de la misma manera que lo era su Pequeño mundo ilustrado, aun cuando los temas tratados no fueran en nada personales) porque parte de un desplazamiento (el suyo propio a los Estados Unidos) para constatar otro: el de los directores de cine del expresionismo alemán a los Estados Unidos que se produjo con el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Del encuentro entre directores como Fritz Lang o Billy Wilder (cuya estética abrevaba en buena medida en los motivos nocturnos que Negroni analiza) con escritores como Raymond Chandler, producido en el espacio abigarrado de las grandes ciudades norteamericanas, nació el cine policial negro con todos su patrones. El detective solitario, reflejo deforme de los primeros peregrinos; la femme fatal irresistible y traicionera; la ciudad repleta de vicios y delincuentes que se amparan en la noche: esos tres vértices forman el triángulo donde la noche ya no puede ser definida como el reverso del día, porque se ha vuelto su condición. En una carta que Chandler le envía a un periodista canadiense, Negroni rescata brillantemente una descripción brutal de sí mismo donde se deja leer esa resignación cansada que el género encarna: “Escribo cuando puedo y no escribo cuando no puedo. Me cuesta hacer entrar o salir de un cuarto a un personaje, a veces ni sé cómo hacerle sacar el sombrero”, traduce Negroni. Como lo hacía Chandler mismo, Negroni logra poner a rumiar a todo el género alrededor de sus propias obsesiones, para darle su nota trágica y, si es posible, iluminarlo.

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La noche tiene mil ojos

María Negroni
La noche tiene mil ojos
(Caja Negra)
352 páginas