“Tres recuerdos de mi juventud”, de Arnaud Desplechin

No nos demoremos en llamarla “obra maestra”, en clamar que Arnaud Desplechin nos entrega por fin su Retrato del artista adolescente ni en celebrar la idea de que el más irlandés de los cineastas franceses empiece su película en Tayikistán. Abramos directamente algunas puertas a través de fórmulas que tomamos del laberinto de réplicas de la película. Entremos de lleno en ella, en su espeso tejido de interpretaciones posibles y de síntomas indescifrables. Partimos de la idea de que una fórmula implica su forma: las películas de Desplechin tienen la habilidad de mover diálogos y puestas en escena, hablar y ver, en un mismo movimiento que los vuelve violentamente sincrónicos e inseparables; por eso sus películas dan la sensación de ser leídas a partir de un texto que sería la vida misma con sus nudos, sus verdaderas y sus falsas llaves, todo el infinito del banal enigma.

Los tres recuerdos del título son los de Paul Dédalus. Escribe su laberinto, relee su propia memoria. El egopic de Dédalus, y no el biopic, que se basa menos en la sucesión de lo vivido que en otra narración, y en una pregunta: ¿qué soy yo, cómo me puedo reconocer, cómo me puedo recomponer? Tres cuerpos de actores y el extraño talento de sus parecidos inciertos. El segundo recuerdo es una película de espionaje, que se acerca al fantasma de Desplechin y no tanto al de Dédalus, La centinela (1992). Paul, el protagonista, le ofrece su pasaporte a un judío de la Ucrania soviética que ahora será su doble, antes de morir en la otra punta del mundo. Este segundo enigma, a la Lubitsch, cierra con un perfecto flashback, se suelda con un certificado de defunción, con la inscripción de una muerte sin hombre, en un mundo sin telón de acero. Un yo que quizá no era más que un sueño.

Desplechin alcanza el objetivo más loco de Truffaut: una película compuesta únicamente por clímax y momentos fuertes que no cuente nada excepcional.

Se dijo que Jimmy P. (2013) era la película de una cura, donde el psicoanálisis (que animaba las películas anteriores) se transformaba en antropología, donde las violentas afecciones se transformaban en un sobrio saber. Tres recuerdos… va más lejos que la salud, hasta el punto de que el joven Dédalus dice que nunca necesitó curarse. Estudia antropología, y lee a Lévi-Strauss en un artículo colgado en la pared que se titula “Jacques Lacan ha muerto”. El estudio de la excepción ordinaria propia se transformó en estudio de lo ordinario ajeno, fuera de uno: ciencia descriptiva, con otras fórmulas, más matemáticas, otros esquemas más fáciles de leer, otros mitos. Y con ella otro cine, que traza los misterios con un trazo más firme. El egopic, liberado de su locura y de su razón, busca más allá del bien y del mal, la pista de un juego que podría ser otro.

Este es el tercer enigma, el centro de la película o la película en sí misma, y la oración es de Esther. Esther es la mujer de Paul, y la oración es un recuerdo de Truffaut. “Decís que soy excepcional, entonces te amo.” Es una historia de amor banal, y por eso muy bella, un gran amor que no tiene nada de excepcional, excepto el hecho de haber sido vivido y nunca olvidado. Esther es una joven ordinaria, hermosa, egoísta, apasionada. Este tercer recuerdo es una teen-movie de hoy en día (situada en los años ochenta entre Roubaix, Douchanbé y París) y una gran película por correspondencia. Ahí donde Desplechin alcanza, y no solo por la pasión de los préstamos estilísticos, el objetivo más loco de Truffaut: una película compuesta únicamente por clímax y momentos fuertes que no cuente nada excepcional. Una carta de amor es siempre una forma de destacarse, que dice siempre lo mismo.

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Es la infancia, el primer enigma. En Retrato de un artista adolescente, el niño Dédalus, el de Joyce, golpeado por sus compañeros, sabía algo: “Incluso esa noche, mientras que se daba vuelta titubeando, había sentido que cierta presencia lo despojaba de ese enojo que súbitamente se había armado, tan fácilmente como una fruta se despoja de su cáscara tierna y madura”. Los recuerdos de infancia de Paul son escenas de puro teatro, a partir de las cuales nada se explica. Pero esto no llega a ser un escándalo. Adiós a las escenas primitivas, adiós al teatro: el cine se despoja de estas cáscaras en beneficio de una sentimentalidad indiferente, de una pasión del desapego. Los tres cuerpos-recuerdos de Dédalus son cuerpos resistentes, como los hombres de una vieja película de Ford, de un viejo poema de Yeats, amados en su juventud. Una solidez irlandesa y oceánica, una fortaleza frágil. Aprender a vivir es acordarse de que nos olvidamos de sufrir, de que no sentimos nada.

Paul Dédalus, con sus dobles y sus otros, todos excepcionales y comunes, con su moral de mendigo y de príncipe, cree volver a leer sus recuerdos, volver a reunir sus cuerpos. Un libro, un retrato, la magia de la fórmulas que, pronunciadas en el orden correcto, abren un mundo que se vuelve comprensible, un yo que se vuelve visible, y revelan las estructuras elementales. El juego de enigmas se precipita, la lectura se ve obstaculizada: no hay recuerdos que se mantengan sino la insostenible violencia de haber vivido. La cáscara de la fruta no se deprende tan fácilmente. Eso es lo que Desplechin nos estaba mostrando, la cáscara pegada al cuerpo, una vida que se resiste a ser transformada en obra, en película hablada. Todo se rompe. Hay que volver a ver la película, volver a contar los enigmas, rehacer los esquemas. Queda lo indescifrable, lo sentido. Quedan los lamentos y las esperanzas.

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Tres recuerdos de mi juventud
De Arnaud Desplechin
Con Quentin Dolmaire, Lou Roy-Lecollinet y Mathieu Amalric